Viaje Arquitectura UDLA a Buenos Aires: El Tour por la ciudad

En un tour urbano uno ve mucho de la ciudad, escucha mucho de su historia también, pero retiene poco. Es como un programa cultural de la televisión: Aparenta enseñar mucho, pero es una impresión superficial y pasajera.

Sin embargo algo queda, plasmado como un sello del lugar que está visitando.

Y Buenos Aires tiene eso, un sello característico, como lo tiene Valparaiso, Viña del Mar, La Serena, Concepción o Santiago. Algo que la hace única.

En éste caso es difícil resumirlo en una sola palabra, pero hay algo…

Algo que tiene que ver con la coexistencia armónica de realidades tremendamente dispares: A pocas cuadras del centro rutilante de farándula porteña con sus enormes panaflex, sus neones y sus sonrisas estereotipadas, se depliegan ente el visitante los colores chillones del Barrio de la Boca con su incondicionalismo auricielo y su ícono maradoniano, y poco más allá el barrio de Caminito, igualmente colorinche pero tan impregnado a tango como aquél otro a cánticos de barra brava.

Así mismo grandes parques, a también pocas cuadras de distancia, plasman en sus nombres y en sus monumentos honoríficos los apellidos que sentaron las bases de la ciudad, con su devoción, mal que les pese, por el ordenado jardín inglés, y por el sabor neoclásico de sus construcciones.

Una virtud de la que hay que hacer mención: El respeto de los arquitectos modernos y contemporáneos por las directrices formales, arcadas, zócalos, cornisas y otros, impuestos por los arquitectos de antaño, a los que se han sabido sumar con un diseño respetuoso que entrega a la ciudad una armonía tan fuerte que, en ocasiones, lo que llamamos “la costura”, pasa inadvertida.

Una ciudad en la que coexisten, sin distancias, muchas realidades, y en la que que sus diferencias pueden provocar broncas, que se expresan sin ambages, pero que, en el fondo, se respetan.

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Viaje Arquitectura UDLA a Buenos Aires: El Cruce de la Cordillera

Todo el que ha cruzado la Cordillera de los Andes, por tierra o por aire, se asombra ante la monumentalidad inconmensurable del espectáculo que la naturaleza ofrece a sus ojos. La piedra denuda y áspera, la nieve blanca, cegadora, eterna, y quien ha tenido la fortuna de ver el majestuoso vuelo de un cóndor solitario recortándose contra el azul impoluto del cielo, no olvidará nunca esa imagen, tan propia, tan nacional, la misma que inspiraría a Bernardo O’Higgins, quien junto al Ejército Libertador cruzara por el paso que lleva ese glorioso nombre, a lomos de caballos, con abrigos precarios y pesados cargamentos, para imponer en nuestro escudo patrio la imagen del ave negra y blanca, y de cuello rojo, como un símbolo más de la patria.

Imposible no traer a la memoria el cuadro de Julio Vila y Prades, quien representa, magníficos en su heroica travesía, a los hombres que pusieron los cimientos de nuestras patrias sudamericanas, Don Bernardo O’Higgins Riquelme y Don José de San Martín.

El paso del Ejército Libertador por la cordillera de los Andes, Julio Vila y Prades (1873 – 1930)

Vicisitudes más, vicisitudes menos, cansancio, sueño, calor, frío, tedio, paradas y bajadas, partidas repentinas, pero en el corazón la alegría de estar ante tan soberbio espectáculo, que, a diferencia de aquellos remotos tiempos, hoy exhibe la ciclópea obra del ingenio humano que se impone a tan hermoso como hostil monumento de la naturaleza, y que hoy nos conduce a un destino promisorio: La Capital Federal de la República Argentina.