La Lectura del Domingo: “Las Tres Metamorfosis”, Friedrich Nietzsche

En esta época de duros esfuerzos que ponen a prueba nuestra resistencia física y nuestra estabilidad emocional, en pos de alcanzar la meta personal de cada uno, y en que el cumplimiento de la tarea impuesta se transforma en una lucha de uno contra sí mismo, les porponemos una lectura breve, pero altamente fortalecedora, para poner en alto vuestros espíritus de Creadores de un Nuevo y Mejor Mundo en el que Habitar.

Sin más preámbulos, les presentamos este capítulo de la monumental obra “Así Habló Zaratustra”, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche:

Os indicaré las tres metamorfosis del espíritu: el espíritu, en camello; el camello, en león, y finalmente el león, en niño.

Muchas cargas pesadas hay para el espíritu; para el espíritu paciente y vigoroso en quien domina el respeto. Su vigor reclama la carga pesada, la más pesada. El espíritu robusto pregunta: «¿Qué hay de más peso?», y se arrodilla como el camello y quiere una buena carga.

«¿Qué hay de más pesado? —pregunta el espíritu robusto— Dilo, ¡oh héroe!, a fin de que cargue con ello sobre mí y mi fuerza se alegre».

¿Acaso esto no es humillarse para hacer sufrir a su orgullo, hacer brillar su locura para cambiar en amarga burla su sabi duría?

O es esto: ¿desertar una causa en el momento en que celebra su triunfo; ascender sobre las montañas elevadas para tentar al tentador?

O bien es esto: ¿alimentarse de las bellotas y del heno del conocimiento, y sufrir el hambre en el alma por amor a la verdad?

O bien es esto: ¿estar enfermo y despedir a los que consuelan; unirse en amistad con sordos que jamás escuchan lo que tú quieres?

O bien es esto: ¿sumergirse en el agua sucia, si es el agua de la verdad, y no rechazar a las viscosas ranas y a los sapos llenos de pus?

O bien es esto: ¿amar a quien nos desprecia y tender la mano al fantasma cuando quiere asustarnos?

Todas estas pesadas cargas echa sobre sí el espíritu vigoroso; y así como sale corriendo el camello hacia el desierto apenas recibe su carga, él se apresura a llevar la suya.

La segunda metamorfosis se cumple en el más solitario de los desiertos: aquí el espíritu se transforma en león, pretende conquistar la libertad y ser amo de su propio desierto.

Busca aquí su último dueño; quiere ser el enemigo de este dueño como es el enemigo de su último dios: quiere luchar contra el dragón para alcanzar la victoria.

¿Cuál es el dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando ni dios ni amo? «Tú debes», se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice: «Yo quiero»

«Tú debes» le acecha al borde del camino, reluciente de oro, bajo su caparazón de mil escamas, y sobre cada escama luce en letras doradas: «¡Tú debes!»

Brillan sobre estas escamas valores de mil años y el más poderoso de todos los dragones habla de esta guisa:
«Todo lo que es valor brilla sobre mí.» Ya ha sido creado todo lo que es valor y yo soy quien representa todos los valores creados. ¡En verdad, no debe haber más «Yo quiero»! Así habló el dragón.

Hermanos míos, ¿para qué necesita el espíritu al león? ¿No es suficiente el animal robusto que se abstiene y es respetuoso?

Todavía no puede crear el león valores nuevos; pero sí tiene poder para hacerse libre para la nueva creación.

Hacerse libre, oponer una divina negación, incluso el deber; tal es, hermanos míos, la tarea para la que el espíritu necesita del león.

La más terrible conquista para un espíritu paciente y respetuoso es la de conquistar el derecho a crear nuevos valores.

En verdad, éste es para él un acto feroz, el acto de un animal de presa.

En otros tiempos amaba el «Tú debes», como su más sagrado bien: ahora le es necesario encontrar la ilusión y lo arbitrario, incluso en este bien, el más sagrado, para que realice a costa de su amor la conquista de la libertad: para semejante rapto es indispensable un león.

Mas, decidme, hermanos míos, ¿qué puede hacer el niño que no pueda hacer el león? ¿Por qué es preciso que el león raptor se transforme en un niño?

El niño es inocente y olvida; es una primavera y un juego, una rueda que gira sobre sí misma, un primer movimiento, una santa afirmación.

¡Oh hermanos míos! Una afirmación santa es necesaria para el juego divino de la creación. Quiere ahora el espíritu su propia voluntad; el que ha perdido el mundo, quiere ganar su propio mundo.

Os he mostrado tres metamorfosis del espíritu: cómo el espíritu se hace camello, cómo el espíritu se hace león, y, en fin, cómo el espíritu se hace niño.

Así habló Zaratustra. Y en este tiempo moraba en la ciudad que se llamaba Vaca Multicolor.

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